• Hermosillo, Sonora, México a     |  Año 24 No. 724    

El abandono escolar y algunos de sus motivos

LA VANGUARDIA DIGITAL /




Nota publicada: 2018-04-13

13 de abril del 2018.- Dos de cada diez estudiantes abandonan la escuela antes de los 16 años, edad en que la educación deja de ser obligatoria. La cifra, reprobada por la Comisión Europea que urge a España a rebajarla (en Catalunya la tasa de abandono es ligeramente inferior), no explica del todo la sensación de fracaso que sienten otros muchos estudiantes en su proceso de formación y que afecta a sus expectativas de vida. Existe lo que la investigadora en educación y profesora de sociología de la UAB, Aina Tarabini, denomina como “microexclusiones escolares”.


“Hablamos de repeticiones de curso (casi un tercio de los alumnos de 15 años ha repetido una o dos veces), de separaciones de alumnos por grupos de nivel, de chavales a los que gradúan sin tener las competencias suficientes, de abandonos en el primer mes de bachillerato, de adaptaciones curriculares que quedan en mínimos o de expectativas de docentes sobre el rendimiento del alumno en función de su situación socioeconómica, el nivel cultural de los padres, su origen familiar...”. Todo esto no consta en las estadísticas oficiales pero “hace que los jóvenes no sientan su modelo educativo como propio”, explica Tarabini, que ha publicado La escuela no es para ti.


La experiencia del fracaso mina la autoestima. “Poco a poco los chavales se apartan y se colocan en el lugar en el que el sistema quiere que estén: fuera de la clase”, añade la profesora. Fuera de la clase de una forma literal (absentismo u abandono) o metafórica (ausencia), y es un desencadenante de deficiencias educativas, conductas disruptivas, fragilidad emocional... Sin embargo, Tarabini considera que si a los alumnos se les ofrece una educación más personalizada, acorde con su ritmo, y un acompañamiento auténtico se lograría no sólo un sentimiento de pertenencia real a la escuela, sino la vinculación del chaval con sus ganas de aprender y encontrar un lugar en la sociedad.


Adrián, Andrea, Sergio, David y Coral son ejemplos de esas dinámicas de expulsión inconsciente del sistema educativo. Todos llevan una pesada mochila personal más allá de lo que han vivido en el centro educativo. Son alumnos de la escuela de segunda oportunidad El Llindar, escogidos al azar, que hablan brevemente de su experiencia de exclusión y fracaso y de qué les ha funcionado para reengancharse de nuevo a la formación.


La soledad en el patio


“Cuando llegué al instituto con 12 años pensé que sería tan guay como se veía en las películas”, relata Adrián. “Y no”. En el patio había el grupo de chicos populares que quedaban y se veían fuera de la escuela. También estaban los de los móviles. Y los de deporte. “Yo era muy cerrado y quedé fuera de cualquier grupo”. El curso resultó ser inesperadamente difícil y se encontró también solo frente a sus dificultades. Suspendió 1.º de la ESO y tuvo que repetir la dolorosa experiencia de la soledad en el patio con chavales más jóvenes. Suspendió tres asignaturas, lo que le abocaba a una nueva repetición. Abandonó y se abandonó.


Acude al Llindar desde el pasado septiembre. Está matriculado en el curso de Ventallers, un programa que acompaña y orienta a los alumnos mayores de 16 años en un abanico de talleres profesionales distintos. En contra de su primera idea, seguir una formación profesional inicial (PFI) de imagen y estética “porque un tío mío tiene una peluquería”, está viendo otras posibilidades después de hacer talleres de escalada, cocina, electricidad, mecánica... “No sabía que me gustaban tantas cosas”, responde locuaz. Valora el acompañamiento de su tutora Irene, tan distinto a sus docentes de instituto. “No sé qué haré aún, pero quiero sacarme el acceso al grado medio de FP”.


Años de aburrimiento


“Los profesores estaban sólo para los niños de la primera fila”, explica Andrea. A mí siempre me colocaban detrás porque no me enteraba. Pregunté si yo podía sentarme junto a los que compañeros que aprendían, y el profesor dijo que no”. El fracaso de 1.º de ESO se convirtió en un lastre. “Pasé de todo porque pensaba vaya aburrimiento hasta los 17 años que pueda librarme de esto”. Ahora tiene 16 y cursa desde hace dos años un programa personalizado que combina la teórica de la ESO con aprendizajes profesionales. “Somos 10 en clase y aprendemos a diferentes ritmos, por eso los exámenes son distintos”. Le gusta acudir al centro. “Aquí no nos machacan, te lo explican hasta que lo entiendes y te animan a seguir”. Sueña con matricularse a un ciclo de auxiliar de enfermería y saltar a un grado de educación infantil después. “Tengo muchas ganas de llegar a 4.º de ESO porque ya estaré cerca de lo que quiero hacer. Me he caído del camino pero, como dicen aquí, puedo llegar de otras maneras”.


El desafío y la expulsión


Un día el profesor de ESO se dirigió a Sergio como “el tontito de la gorra”. Y reaccionó al desprecio no con la palabra sino con los recursos más primarios: le pegó. “Sé que no está bien”, admite para justificar que sabe que la violencia no es la manera de resolver los conflictos, “pero en el fondo se lo merecía”. Se queja de los intentos de los profesores de ignorar su presencia en el aula, de querer borrarlo de la clase, de expulsarlo por sus desafíos y mala conducta, según su versión. “Estás en clase 45 minutos sin enterarte de nada y encima te riñen. Y cada vez entiendes menos y, al final, todo te da igual”, se queja. Pero fracasar no estaba entre sus objetivos. La cuestión era cómo y en qué tener éxito. “Aquí no te aburres nunca. Para empezar, no estás con la libreta y el boli todo el día. Aprendes cosas interesantes, útiles. Haces proyectos y pruebas actividades, como la escalada. ¿Qué iba a saber yo que me gustaba?”. En cuanto a los estudios, disfruta con geografía. “He sacado un notable en la exposición del cometa Halley. Eso mola”.


Desmotivación


David quisiera aprobar el 3.º de la ESO este curso pero no sabe si lo logrará.“No me gustaría verme otro año más así”, reconoce aunque le gusta el centro actual al que compara como una mano extendida dispuesta a ayudar. “Puedes cogerla o no pero allí está y una vez te coges, ya no te suelta. Eso es nuevo para mí”. Le gustan los talleres, especialmente el de cocina (la escuela tiene un restaurante propio que cuenta con el apoyo del grupo Tragaluz). Y estudiar arte y filosofía, una materia que el centro introdujo este curso con buena aceptación por parte de los alumnos. “Me gusta hablar de la vida, de paranoias que todos tenemos en la cabeza”. Aspira a encontrar un trabajo en un supermercado para poder mantenerse y hacer lo que más le gusta: escribir poesías.


El abstencionismo como salida


Coral tiene 14 años y llegó al centro el pasado septiembre. El curso anterior las faltas de asistencia al instituto fueron muy altas después de ver que sus compañeros continuaban progresando y ella repetía curso... “No me enteraba de nada y no me interesaba nada, ¿para qué iba a ir?”. Aquí muestra interés en algunas actividades, especialmente las más profesionalizadoras. “Son útiles”, afirma. Está volviendo a engancharse a la rutina escolar. Le gusta porque en esta escuela de segunda oportunidad le dejan fumar en la hora del patio y no se encabronan los profesores si llega tarde por las mañanas. Quizás estas transgresiones adolescentes quedan compensadas si puede decir: “He pensado que quiero aprender y buscarme la vida”.


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